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Feminización de la migración internacional: ¿Se profundizan las desigualdades de género durante el proceso migratorio? ¿Cómo avanzar en la protección de las mujeres migrantes en los países de destino?


Rita Lages
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El más reciente Informe sobre las migraciones en el mundo 2020 de la OIM indica que, en 2019, el 48% de las personas migrantes eran mujeres y en 2017 aquellas representaban el 42% (68 millones) de la fuerza total de trabajadores migrantes en el mundo. Respecto de la población mundial de refugiados las mujeres representaban en 2018 el 49%. En América Latina y el Caribe, en 2019, mujeres y hombres representaban una proporción casi igual de todos los migrantes internacionales (49,9%) y en Chile, según el INE, en el mismo período, las mujeres migrantes correspondían a un 48,8%. Por otro lado, la presencia de mujeres es más alto en América del Norte (51,8%) y en Europa (51,4%), regiones con una larga tradición de inmigración y de destino de los migrantes centroamericanos y sudamericanos.

Las mujeres y las niñas constituyen el grupo más vulnerable entre las personas migrantes y refugiadas. La feminización de los flujos migratorios, expresada en las cifras anteriores, está vinculada a la feminización de la pobreza, de la desigualdad y de la fuerza de trabajo.

Entre los factores que contribuyen a su condición de vulnerabilidad está la dificultad de satisfacer necesidades alimentarias propias y de sus familias. Según la FAO, la brecha de género en el acceso a los alimentos ha aumentado en los últimos años: las mujeres tienen un 13% más de posibilidades de sufrir una inseguridad alimentaria moderada o grave que los hombres, y cerca de un 27% más de posibilidades de sufrir una inseguridad alimentaria grave a nivel mundial. Estos porcentajes se incrementan cuando las mujeres tienen entre 25 y 49 años, se encuentran en el quintil de ingresos más bajos, con menor nivel de educación, desempleadas, separadas o divorciadas, con problemas de salud y/o que viven en las zonas rurales. América Latina y el Caribe ha sido la región donde la inseguridad alimentaria ha aumentado más rápidamente (del 22,9% en 2014 al 31,7% en 2019); lo que puede generar mayor inmigración femenina a futuro.

La actual pandemia provocada por la Covid-19 puede agravar el riesgo de la inseguridad alimentar de miles de mujeres en el mundo a causa de su mayor dificultad para acceder a los recursos económicos necesarios para comprar alimentos suficientes, sanos y nutritivos. Además, en contextos de crisis de salud global las mujeres asumen con frecuencia la mayor parte de la carga y el riesgo de brindar atención médica y asistencial ya sea en el hogar o en los sistemas públicos y privados de salud. Datos recientes de la OCDE muestran la concentración del trabajo migrante en el sector de la salud y asistencia social (1 de cada 4 médicos y 1 de cada 6 enfermeros) y la sobrerrepresentación del trabajo migrante femenino en ese mismo sector (en Europa y Estados Unidos una quinta parte y en Israel una de cada 4 mujeres migrantes). Esta realidad requiere atender a cuestiones de género pues, como ha reconocido la Comisión de Alto Nivel sobre el Empleo en la Salud y el Crecimiento Económico, para las mujeres que trabajan en el sector de la salud es mayor la desigualdad remuneratoria y el riesgo de sufrir violencia y acoso físico y sexual.

En la migración internacional la división sexual del trabajo es acentuada: el trabajo de las mujeres migrantes se concentra fundamentalmente en el sector de los servicios (aprox. 74%), en especial el trabajo doméstico remunerado, el cuidado de NNA y de personas mayores y/o dependientes. Se trata a menudo de un trabajo informal, invisible, precario y mal remunerado, para los cuales muchas de las mujeres migrantes están excesivamente cualificadas. En promedio, en los países de la OCDE, las mujeres inmigrantes son las más afectadas por el exceso de cualificación: el 29% de ellas lo son, en comparación con el 28% de los hombres inmigrantes y el 20% de las mujeres nativas.  Además, en muchos casos, el trabajo ejercido por mujeres migrantes esconde situaciones de trata de personas. De acuerdo con la Base de Datos Colaborativa sobre la Trata de Personas, la primera base de datos mundial sobre la trata de personas, en 2018, de los 108.613 casos registrados, el 57% de las víctimas eran mujeres adultas y un 24% eran niñas, quienes son explotadas con frecuencia en el trabajo asistencial y doméstico y en la prostitución forzada.

Ahora bien, “la inserción de las mujeres migrantes en las cadenas globales de cuidados perpetúa la reproducción de esquemas de género, al seguir asignando a las mujeres, ahora de forma transnacional, los roles y estereotipos tradicionales”, al mismo tiempo que permite a las mujeres nativas muy calificadas de los países de destino aumentar su participación, productividad y promoción laboral. Por otro lado, debido a la discriminación de género, las trabajadoras migratorias pueden percibir remuneraciones inferiores a las de los hombres y, por ende, más expuestas a la pobreza. En Chile, por ejemplo, datos de la OIT, en 2017 más de un tercio de las mujeres migrantes que son jefas de hogar (35,7%) pertenecía a los dos primeros quintiles de ingresos, en contraposición al 21,8% de sus pares masculinos.

La migración femenina significa también una migración familiar, pues los datos existentes indican que hay mayor cantidad de mujeres que hombres inmigrando con sus familiares. Por ejemplo, en América Central el 22% de las mujeres (por oposición al 9% de los hombres) inmigrantes extrarregionales –provenientes en su mayoría Haití y Cuba (Caribe), Camerún (África), India y Nepal (Asia)– viajaron con hijos e hijas menores de 18 años (pese a que la inmigración femenina extrarregional hacía esta subregión represente el 29%).

Finalmente, la inmigración femenina es responsable por la introducción de cambios sociales positivos en los países de origen, por ejemplo, en cuanto a las normas de género hacia una mayor equidad de género tras haberla experimentado en los países de destino y empoderamiento de mujeres y niñas. Estas “remesas sociales” producidas por la migración femenina son tanto mayores si se considera que estudios recientes indican que “las mujeres son agentes de cambio en mayor medida que los hombres”. Por otro lado, la importancia de contribución económica de la inmigración femenina se traduce también en las remesas de divisas. Si bien las cantidades remitidas tienden a ser inferiores a las enviadas por los hombres migrantes, en gran medida por la desigualdad remuneratoria del trabajo femenino, las mujeres migrantes remiten una mayor proporción de sus ingresos, lo hacen con más frecuencia y además tienden a destinar sus remesas a la salud y educación de sus familias.

En conclusión, la presencia de mujeres en los principales corredores migratorios mundiales impone la necesidad de que los Estados de origen, tránsito y destino incorporen un enfoque basado ​​en los derechos humanos y con perspectiva de género en el diseño e implementación de políticas públicas en materia migratoria. Sea porque dicho enfoque y perspectiva permiten, por un lado, comprender adecuadamente las causas y los efectos de la inmigración femenina y, por otro, adoptar medidas legislativas que promuevan la igualdad de género y la no discriminación.

Con el propósito de asegurar el respeto de los derechos de las mujeres y las niñas migrantes, ¿qué medidas o recomendaciones propondría?


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